La sesión inaugural del año comenzó con un breve espacio informal de acogida —elección de hospitales, incertidumbre postexamen, cuestiones prácticas del inicio de la residencia. Desde el arranque quedó definido el espíritu del espacio: no solo un lugar para comentar casos o lecturas, sino un lugar para pensar la residencia, compartir malestares, detectar choques con la institución y crear un marco paralelo de supervisión.
A partir de ahí se introdujo la pregunta central: qué le permitiríamos, exigiríamos o no permitiríamos a una IA aplicada a salud mental, partiendo de la idea de que estas herramientas no pertenecen ya al futuro sino al presente inmediato, y que probablemente van a ocupar cada vez más espacio en la asistencia. Se comentó la existencia de chatbots pseudoterapéuticos y el hecho de que este campo está todavía débilmente regulado en Europa, a diferencia de lo ocurrido en Estados Unidos tras algunos casos graves, incluidos suicidios asociados al uso de estas herramientas.
La primera ronda de intervenciones giró en torno a los límites que, de entrada, los asistentes atribuían a una IA terapeuta.
Distinción entre ayuda diagnóstica y tratamiento. Sería imaginable que una IA pudiera ser útil para organizar información, formular hipótesis diagnósticas o incluso participar en un análisis funcional con datos suficientes. Pero hay un límite radical en el tratamiento mismo: la imposibilidad de generar una experiencia auténtica de comprensión, empatía y acompañamiento humano. Episodio de Black Mirror en el que una persona en duelo interactúa con un sustituto artificial de su pareja fallecida: la diferencia entre simular una respuesta adecuada y ser verdaderamente capaz de comprender el sufrimiento del otro.
El riesgo de validación excesiva. Muchas IA están diseñadas más para acompañar, complacer o reforzar la experiencia subjetiva del usuario que para confrontarlo o introducir una fricción útil. Esto puede volverse especialmente problemático en personas con patrones distorsionados de interpretación de la realidad o con estructuras de personalidad en las que el problema se sitúa sistemáticamente fuera de sí.
La deshumanización y la tendencia a operar mediante protocolos generales. La herramienta podría servir para aplicar esquemas estandarizados, pero tendría dificultades para adaptarse a lo singular, a lo fino, a lo no protocolizable. La preocupación de que la IA tienda a ofrecer lo mismo a todos.
Más allá de la empatía entendida en abstracto, la importancia de la comunicación no verbal, del contexto y del contacto humano encarnado. No solo importa qué se dice, sino cómo circula la presencia, la mirada, el gesto, el silencio y el contexto relacional.
Uno de los momentos decisivos se produjo cuando se formuló una idea especialmente fértil: muchas de las pegas señaladas hasta ese momento parecían dirigirse más a las limitaciones técnicas actuales de la IA que a una diferencia de principio entre una IA y un clínico humano. Si una IA llegara a mostrar competencia clínica suficiente, quizá los límites que habría que imponerle no serían distintos de los que se le impondrían a un psicólogo clínico: los mismos principios bioéticos, las mismas exigencias de competencia y los mismos controles generales.
Ese comentario abrió el núcleo más importante de toda la sesión. A partir de ahí se empezó a desmontar la oposición demasiado fácil entre "máquina defectuosa" y "clínico humano valioso", y se introdujo la hipótesis de que la discusión quizá no deba formularse en términos de esencia —humano frente a artificial— sino en términos de competencia, procedimiento, límites éticos y efectos clínicos.
A continuación apareció el gran movimiento conceptual de la sesión. Se recogieron todos los elementos que habían ido saliendo —empatía, ojo clínico, comprensión real, deshumanización, exceso de protocolo, ausencia de comunicación no verbal, validación excesiva, confidencialidad— y se lanzó una invitación incómoda: comprobar, ya dentro del hospital, cuántos de nosotros y de nuestros adjuntos cumplimos realmente esos criterios.
Criticamos con facilidad en la máquina cosas que toleramos, excusamos o ni siquiera detectamos en la clínica humana cotidiana. La tecnología no funciona tanto como problema externo, sino como espejo de nuestras propias carencias.
Otro punto importante fue la introducción de una experiencia directa de uso intensivo de estas herramientas con fines personales y reflexivos. Se describió el uso de ChatGPT casi como el de un terapeuta o supervisor permanente: una herramienta que puede llegar a conocer profundamente a la persona y contribuir a mejorar en múltiples dimensiones —lectura, escritura, trabajo clínico, relaciones personales, hábitos.
La pregunta implícita que se abrió fue clara: si una relación con una herramienta de este tipo produce efectos tan amplios y consistentes, ¿en qué sentido deberíamos negar de entrada su valor terapéutico?
Apareció también la objeción de que estas respuestas podrían ser "promedios" derivados de múltiples interacciones previas, lo que abrió otra línea: hasta qué punto también los clínicos humanos operan con patrones, esquemas y generalizaciones, aunque los vivan como más singulares.
Se introdujo la cuestión del consentimiento informado como elemento central. Más allá de si una IA comprende o no, se planteó que lo decisivo puede ser qué límites declara, qué riesgos explicita, qué puede y qué no puede hacer, bajo qué condiciones opera, y si el usuario puede retirar su consentimiento. Esto desplaza la discusión desde la "naturaleza" de la herramienta hacia su encuadre ético y operativo, algo plenamente aplicable también a la práctica clínica humana.
Uno de los bloques más relevantes fue el de la responsabilidad clínica. Se discutió la dificultad de atribuir responsabilidad cuando un caso no mejora o incluso empeora: ¿depende del terapeuta, del paciente o de la interacción? ¿cuándo podemos hablar realmente de mala praxis?
Apareció de forma implícita el fenómeno de la suerte moral: muchas intervenciones clínicas se valoran en función de sus consecuencias, aunque estas no dependan completamente del profesional.
Puede existir mala praxis constante que no se detecta ni se nombra, simplemente porque no hay denuncia, porque no hay un desenlace llamativo o porque el sistema no articula mecanismos claros de evaluación. La práctica clínica no se regula tanto por un control permanente como por momentos puntuales en los que algo "cristaliza".
Se abordó el problema de la continuidad asistencial. La importancia de la memoria en la relación terapéutica: el hecho de que un terapeuta olvide algo relevante puede tener un impacto significativo en el vínculo. Esto se amplió al nivel institucional: cambios de profesional, fragmentación de la atención, falta de coordinación.
Aquí se insinuó una cuestión provocadora: ciertas herramientas podrían tener ventajas estructurales en términos de memoria y continuidad frente a sistemas humanos fragmentados.
Intervienes sobre un proceso y emergen otros no previstos. Cuestiona la idea de conducta aislada y el control lineal de la intervención. Introduce la clínica como redistribución de procesos, no eliminación. Esto ya es un modelo implícito de sistema complejo.
No es completamente protocolizable ni controlable. La intervención no determina el efecto; el proceso no depende solo del clínico; el vínculo tiene dinámica propia. Aquí se rompe el modelo técnico puro.
Evaluamos por resultados, aunque no los controlemos. Buena práctica que fracasa; mala práctica que "funciona"; juicio retrospectivo. Esto abre un problema ético serio: ¿cómo evaluamos la práctica?
Criticamos en la IA lo que ya ocurre en clínica: protocolización, validación automática, deshumanización. La crítica fácil a la máquina es a veces una forma de no mirar lo que hacemos.
La sesión no se centró realmente en la IA como problema tecnológico, sino que utilizó esta como punto de entrada para pensar cuestiones clínicas fundamentales. Permitió abrir una línea de trabajo clave para el resto del espacio: analizar la distancia entre los ideales clínicos que defendemos y la realidad de la práctica asistencial en la que vamos a trabajar.
El ejercicio parecía una discusión sobre IA. En realidad era un recordatorio de nuestras propias obligaciones.
Cierre de la sesión