Psiquiatra, formado en el Hospital Clínico San Carlos de Madrid. Máster de Terapia Familiar en el Grupo Zurbano. Profesor en el máster propio de Terapia Familiar de la Universidad Pontificia de Comillas. Actualmente con consulta privada en Salamanca.
Primera sesión del taller con invitado externo. Juan presenta a Luis con un tono más informal: "es la primera vez que tenemos a un invitado, generalmente nos reunimos unos residentes y charlamos de lecturas". Luis advierte que no trae nada definitivo —"es más como un inicio de apertura, como para empezar a pensar"— y arranca con una imagen: la Torre de Babel.
El mito original: los hombres intentaron construir una torre que llegara hasta el cielo —donde, en la teología semítica, estaba la presencia de los dioses— y fueron castigados por su soberbia con la multiplicación de los lenguajes. Hay una interpretación que a Luis le interesa especialmente: la tentación no fue alcanzar el cielo, sino construir un único lenguaje. Y aquí aparece la cuestión política de fondo: quien tiene el único lenguaje tiene el poder; quien tiene el diccionario puede definir cómo son las cosas.
La derivación a psiquiatría desde un proceso de terapia, dice Luis, supone entrar en el territorio de Babel: el territorio de los múltiples lenguajes sobre las mismas cosas. Y matiza: "yo no soy relativista, no creo que todos los lenguajes valgan lo mismo para todo". Pero cuando varios profesionales empiezan a intervenir, los lenguajes se multiplican, y la coordinación entre esos lenguajes pasa a ser una función central tanto para los profesionales como para los consultantes.
Desde la teoría de sistemas, una terapia individual o familiar comienza siendo una díada —terapeuta y consultante— o un sistema relativamente simple. Cuando se produce la derivación a psiquiatría, la entrada de un tercero genera tres subsistemas:
Subsistema terapéutico 1: el del terapeuta original y el consultante. Subsistema terapéutico 2: el del psiquiatra y el consultante. Subsistema profesional: la relación entre el terapeuta y el psiquiatra. La complejidad crece: hay lenguajes diversos en cada subsistema, y la relación entre los dos profesionales se vuelve una variable terapéutica en sí misma.
Luis describe el estado real de la psiquiatría en España: una práctica fuertemente reduccionista y biologicista, en parte porque no hay tiempo. En el Clínico, 20 minutos por paciente, citas cada 2-3 meses. No queda tiempo ni para la exploración física básica. Funcionamiento fundamentalmente sintomático.
El biologicismo no es lo mismo que la biología. La biología, por definición, tiene en cuenta el contexto. El biologicismo es la reducción del fenómeno clínico al nivel biológico, ignorando todo lo demás. La diferencia importa.
Luis se reconoce "bastante antipsiquiatra" pero rechaza la antipsiquiatría como posición pura. Tres razones para no descartar la mirada médica:
Existen patologías orgánicas que se manifiestan con sintomatología psíquica. Luis ha diagnosticado este año cuatro o cinco apneas del sueño graves que tenían un cuadro psíquico muy florido. En la residencia recuerda un caso de "depresión" que llevaba dos sesiones semanales con un psicoanalista: era un tumor cerebral. O las encefalitis autoinmunes. Si el terapeuta no tiene formación médica suficiente para sospechar de estos cuadros, hay riesgo real. La trampa hermenéutica: interpretar como conflicto lo que es lesión.
Los procesos de salud mental generan bucles biológicos que acaban siendo autónomos. Si el sufrimiento se cronifica, el cuerpo se reorganiza alrededor del sufrimiento, y esa reorganización puede sostenerse incluso cuando el conflicto original ya se está resolviendo. La psiquiatría tiene un papel real en tratar estos bucles autónomos.
No se puede ignorar. Y los propios pacientes la demandan. Hay ahora mismo una ola de antipsiquiatría en Twitter en lengua inglesa, con casos de pacientes que dejan la medicación de golpe por influencia de creadores de contenido. Eso también es un problema clínico. La posición pura, en cualquier dirección, falla.
Luis introduce una distinción que le parece fundamental para entender qué hacen los psicofármacos. La inmensa mayoría son fármacos sintomáticos: actúan sobre el síntoma mientras se administran, pero no modifican el curso de la enfermedad. La gran excepción que reconoce es el litio en trastorno bipolar, que sí funciona como un fármaco modificador del curso.
Esta distinción tiene implicaciones clínicas y éticas. Si un fármaco es sintomático, su retirada no significa que la enfermedad vuelva: significa que el síntoma reaparece si la causa subyacente sigue activa. Confundir "el síntoma vuelve al retirar" con "la enfermedad estaba siendo tratada" es uno de los errores estructurales de la práctica psiquiátrica contemporánea.
Hacia el final, una de las intervenciones del grupo articula lo que se llevará como aplicación práctica más directa: incluir la propia derivación a psiquiatría en la formulación del caso. Una idea que parece de sentido común pero que muchas veces no se piensa así. La derivación no es algo externo al proceso terapéutico: es una intervención más, con efectos sobre el subsistema terapéutico 1, sobre el vínculo, sobre la narrativa del paciente.
Incluir la derivación en la formulación de caso significa preguntarse: ¿qué función cumple esta derivación dentro del proceso? ¿Es una respuesta a una necesidad clínica real, un acting del terapeuta, una manera de evitar el contacto, una organización útil de los recursos? La derivación no es neutra. Pensar como si lo fuera es ya una decisión clínica.
La sesión cierra con un comentario sobre las condiciones materiales del pensamiento. Luis recuerda haber tenido sus propios "momentos de mucha antipsiquiatría y de enfadarme con los fármacos". Y matiza la propia crítica:
Pensar es un lujo, y pensar requiere tiempo. Y pensar requiere también unas condiciones sociolaborales. Aristóteles decía que la filosofía empezó con el ocio. Poder reflexionar requiere que puedas tener un tiempo. Y el tiempo ahora mismo es dinero. La psicoterapia y la psiquiatría, ni te cuento.
Luis Chivas · cierre de la sesiónUn comentario sobre el contexto sistémico de la propia psiquiatría: las personas más críticas con su práctica habitual no están en la pública. Señal de que las posiciones que se defienden no son siempre las que se piensan, sino las que el contexto permite sostener. La misma trampa que afecta a los psicólogos clínicos.